Santa Cruz de Mompox, entre lo inverosímil y lo fantástico





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Santa Cruz de Mompox, entre lo inverosímil y lo fantástico

Juan Ricardo Pulido

La ciudad se ubica en Bolívar, Colombia. De manera estricta diríamos que en la mitad del departamento, pero eso sería solo un dato más que fácilmente se corrobora en un mapa. La verdad es que Santacruz de Mompox, como pocas ciudades, duerme abrazada, recibe el amanecer por el Brazo de Mompox, y desde la Calle La Albarrada, acompaña su recorrido mientras serpentea entre Magdalena y Bolívar; como indeciso sobre su caminar hacia el mar Caribe. 

Quizá esa es la magia de Mompox. El río Magdalena que nace en el Nudo de Almaguer al sur del país, se abre caprichosamente a la altura del Banco, Magdalena, y por cerca de 130 kilómetros, baña a Los Negritos, San Felipe, San Eduardo y Doña Juana. Visita las poblaciones de Guamal, Murillo, San Sebastián de Buenavista, Mompox, Santa Ana y finalmente se reencuentra como vigilante de las ciénagas de la depresión momposina.

Esa es la Ciudad Valerosa, la que según algunos eruditos y otros tantos aficionados, inspiró el realismo mágico que se le endilga al Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Aquella donde se encuentran lo inverosímil y lo fantástico; el dulce de limón con las butifarras, las historias del cementerio con las del malecón. Es la ciudad del queso de capa y el corozo; pero lo es también de Cuchepa y el Gato; dos de los personajes que se han quedado en la memoria de los momposinos. Esos que se quedan en el tiempo de una ciudad que navega a orillas del Magdalena con otros vientos.

De sur a norte sus calles van elaborando historias. La Calle Real del Medio, la de atrás y La Calle la Albarrada. Allí nos encontramos con Yunis Gómez Muñoz, nuestro compañero y guía para conocer la Benemérita de la Patria.

“Bienvenidos a Mompox, la tierra de Dios, donde se acuesta uno y amanecen dos. Y si sopla un viento amanece un ciento y si vuelve a soplar no se pueden contar”. Así nos recibió. Presentó sus calles, sus siente iglesias, sus dulces, sus personajes, el río, sus artesanos y su cielo. Fue un resumen para irnos enamorando, y continuó. Nos brindaron jugo de corozo con casabitos y caminamos.  

Arrancamos nuestro recorrido en el Parque Sagrado Corazón de Jesús. Por la Calle Real del Medio condujimos nuestros primeros pasos hasta la Calle 14 para subir a conocer la Plaza Santa Bárbara.

Cuenta la tradición oral, que permanece viva en cada rincón del arrabal, que Bárbara era una mujer bella.  Su padre, un comerciante vil y avaro, solamente adoraba al dinero. Ante la exuberante y llamativa belleza de Bárbara, el hombre autoritario la encerró en una torre que tenía únicamente dos ventanas. Su hija, que en cambio, era de fuertes creencias católicas, abrió con sus propias manos una ventana más, en honor a la Santísima Trinidad y dibujó una cruz para poder orar. Su padre enojado solicitó a un juez su decapitación y pidió ejecutar la pena con sus propias manos. Contaban los abuelos que cuando el hombre idólatra concluyó con la pena y decapitó a su propia hija, fue alcanzado por un rayo que desde el cielo y como un castigo celestial, le cobró la vida. Por eso las abuelas se encomiendan a Santa Bárbara cuando del cielo los rayos desencadenan.

Relatos de este tipo abundan, se encuentran en La Calle de Los Cobos, en la Calle de San Juan, en la Plaza de la Libertad, en el Hostal Doña Manuela, en la Casa de la Cultura y por supuesto en el Cementerio Municipal de Santa Cruz de Mompox. Las ciudades de Colombia suelen tener personajes que se hacen tan relevantes que ya no logramos imaginarlas sin ellos. ‘Cuchepa’ es uno de ellos. Muchas de las historias que aún se narran en las tertulias de los atardeceres momposinos, nacieron con él, con el sepulturero del pueblo.  Cada habitante tuvo una relación con él, la tuvo con su hijo quien después asumió sus tareas, y la tiene ahora con su heredero, José Ángel Muñoz, el nuevo ‘Cuchepa’. Entre los tres, suman casi una centuria de despedidas.

“Mi ‘apá’ se llamaba José Ángel Muñoz Camargo, el duró aquí 57 años. Mi apá enterró creo que más de diez millones de muertos, entró aquí me dicen que de 12 años, se ganaba cinco centavos. Él nos refería muchas historias, recuerdo mucho la de los mellizos. Aquí estaban enterrados los mellizos, en medio de estas dos tumbas. Mi apá nos contaba que los niños murieron y a la mamá se la llevaron para Cartagena, para atenderla. A los pocos meses, mi apá no sabía nada de los bebés ni de la mamá; llegó una mujer vestida de blanco con los zapaticos croydon como de florecitas, y le dijo: -“Señor ‘Cuchepa’, usted me puede mostrar donde están enterrados los mellizos”-. Mi apá la llevó y la dejó allá.  Estuvo un rato y en seguida salió, -“Señor ‘Cuchepa’, atiéndame bien a los gemelitos que usted va a ser bien gratificado”. Y arrancó. Mi apá le dijo que tranquila que él se hacía cargo, no le paró muchas bolas, la gente le recomendaba las tumbas y él hacia su trabajo, ya.”

Esa historia ya la habíamos escuchado, en una narración de María Helena Mayo Antequera. Una mujer de 70 años que vivía a pocas cuadras del cementerio. Ella posee una bella y envolvente capacidad narrativa y una facilidad enorme para embelesar a sus cotertulios, a quienes la escuchábamos.

“’Cuchepa’ contaba que la mujer se hincó sobre la tumba de los gemelitos, lloró un rato y salió, Y le dijo: señor ‘Cuchepa’, arrójemele una oración a los gemelitos por favor. Él le contestó: si como no, a cuanta tumba veo que no tienen tiempo y no le ponen, yo le pongo flores, como no. A los dos días llegaron dos muchachos y preguntaron sobre la ubicación de la tumba de los mellizos. ¿Ve y que es lo que pasa con esos dos niñitos?, porque hace dos días vino una señora a preguntarme por ellos y lloró bastante y después me dijo que les pusiera florecitas, dijo ‘Cuchepa’ – ¿Y cómo era la muchacha?, preguntaron los jóvenes. Él se las describió. Uno de los jóvenes sacó una foto del bolsillo y se la mostró a ‘Cuchepa’. ¿Será esta?, y José Cuchepa le contesto: si, ella misma.  En medio de lágrimas, el joven le dijo: ella era la mamá de los mellizos, ella murió”.

Hay muchas formas de conocer las regiones; a través de su gente, su historia, su arquitectura, sus personajes ilustres o su plaza de mercado. Sin embargo, encuentro mucho más enriquecedor y delicioso el ejercicio de conocer nuestros pueblos desde sus sabores, desde su gastronomía. Me dijo entonces Yunis, nuestro guía, “Tenemos que ir donde la mamá de los que hacen el queso de capa. Vamos pa´ donde doña Julia Anaya. Mi mamá siempre nos mandaba con ella por el queso y por cuanta cosa ella prepara.

Foto: Juan Ricardo Pulido.

En Santacruz de Mompox se disfruta de la butifarra ahumada, el chorizo, casabito, el dulce de limón, el bolón de coco, las panochas, y por supuesto los vinos artesanales. El de corozo, es fantástico. Preparan el arroz de chorizo y el arroz de pajarito, que lleva trocitos de plátano previamente frito y que según doña Julia debe hacerse con cebolla roja y una pisca de ají. Sin embargo, ella es mayormente conocida por el queso de capa, el plato estrella de Mompox.

“El queso de capa, para hacerlo, hay que verlo hacer. La leche se corta, se cuaja, después se quiebra, después se recoge, se pone al sol como una o dos horas. Después se trabaja, se parte en pedacitos y se estira como una masa de pan. Luego de esos se hacen las torrejas y se hacen los quesitos, del tamaño que usted quiera, grande, pequeño, lo que sea”.

Lleva 65 años haciendo queso de capa. Es una hermosa mujer de 90 años de edad, que mantiene la misma sonrisa de sus años mozos. De manos fuertes, pero dulces, de esas que en el saludo te acarician. Tiene su memoria intacta, se aferra a los recuerdos que construyó en Mompox. Los mismos que se apoyan en las vasijas, lámparas, llaves, aldabones, espadas, botellas, baúles, bongos; y una variedad inimaginable de piezas que esperan por ser revividas desde el interés de propios y visitantes que se acercan a las casas de antigüedades. “Mi nombre es José Martínez Durán, soy recolector de antigüedades, vivo acá en Mompox Bolívar, mi producto son las antigüedades, tengo en bronce, vidrio, hierro y madera. De todo tenemos aquí”.

Foto: Juan Ricardo Pulido.

Existe un inagotable número de posibilidades en el Magdalena, ciudad que enamoró a Simón Bolívar, aquella que inspiró al Nobel, y hospedó a muchos de los personajes más importantes del país. Esos son los hilos que se entretejen en Santacruz de Mompox, como su filigrana, hilo a hilo, cada pieza demanda una atención especial y cada rincón guarda su magia.  

Sucedió hace un par de meses, un recorrido de un par de días, lo justo para enamorarse de Mompox, pero no lo suficiente como para sosegar el alma. Santacruz de Mompox, entre lo inverosímil y lo fantástico.